Nunca quiso ser piloto, pero algunos de los mejores quisieron tenerlo sentado al lado. Jorge “Bicho” Del Buono convirtió la navegación en un oficio, ayudó a instalar la hoja de ruta en el rally argentino y acompañó a Jorge Recalde y Gustavo Trelles en algunas de las páginas más importantes del automovilismo sudamericano.RAÚL ROSSI
2 de septiembre de 2026
En un auto de rally hay uno que mira el camino y otro que mira un papel.
Dicho así, el reparto parece bastante injusto.
El primero tiene el volante, acelera, frena, cruza el auto y aparece en las fotos. El segundo va sentado a centímetros, tratando de leer unas anotaciones mientras todo se mueve alrededor y avisando qué hay detrás de una curva que muchas veces ni siquiera puede ver.
Derecha. Izquierda. Cierra. Abre. Puente. Salto. No cortar.
Si se equivoca, no hay demasiado tiempo para discutirlo.
Jorge “Bicho” Del Buono hizo de ese asiento una carrera de más de seis décadas.
Nunca tuvo demasiado interés por manejar un auto de competición. Su lugar estaba del otro lado. Desde allí recorrió el mundo, acompañó a varios de los grandes nombres del rally sudamericano y terminó participando de una victoria que todavía ocupa un lugar único en la historia del automovilismo argentino.
Pero antes de los Lancia, los Audi, los campeonatos mundiales y Jorge Recalde hubo algo bastante más rudimentario.
Un reloj. Una pajita de escoba. Y una motoneta.
UN CRONÓMETRO HECHO EN CASA
Del Buono tenía 14 años cuando apareció su primera carrera.
Atendía el bar de un club de Mar del Plata donde se reunían aficionados al automovilismo y, para una competencia de regularidad en motoneta, faltaba alguien que acompañara.
Le preguntaron si quería hacerlo. Aceptó.
El problema era que necesitaba medir tiempos y no tenía cronómetro. Así que improvisó uno: hizo un pequeño agujero en su reloj y utilizó una pajita de escoba para detener el segundero. Cuando dieron la largada, la retiró.
No había telemetría. Ni GPS. Ni computadora. Había que resolver.
Y tal vez ahí ya estaba escondida buena parte de lo que sería después Bicho Del Buono.
No necesitaba manejar. Necesitaba entender qué estaba pasando.
EL VIAJE QUE CAMBIÓ TODO
A fines de los años 60, Del Buono dejó Mar del Plata y se fue a Europa.
Había estudiado hotelería y terminó trabajando como mozo cerca de Venecia, en Italia. Pero antes de viajar había conseguido una credencial del diario El Atlántico de Mar del Plata.
Ese pedazo de papel le abrió una puerta inesperada.
Lo invitaron a presenciar el Rally San Martino di Castrozza, en el norte italiano. Y empezó a mirar.
Los navegantes europeos recorrían previamente los caminos y anotaban cada curva, cada referencia y cada particularidad del recorrido.
Del Buono no conocía ese sistema.
Eran las hojas de ruta.
No hizo ningún curso. No tuvo instructor. Según contó años después, aprendió simplemente observando qué hacían aquellos navegantes.
Cuando volvió a la Argentina trajo la idea con él. Y encontró el lugar perfecto para probarla.
SABER QUÉ HABÍA DESPUÉS
A comienzos de los años 70 participó de la Copa Fiat junto a Aldo Caldarella.
Cuando llegó una carrera de montaña, Del Buono propuso recorrer antes el tramo y anotar el camino.
Curvas. Referencias. Cambios de ritmo. Lugares donde había que levantar. Lugares donde se podía acelerar.
Según recordó él mismo, aquella fue la primera vez que se utilizó una hoja de ruta de ese tipo en el automovilismo argentino.
Ganaron.
Al año siguiente llegó el Fiat 128 y la diferencia empezó a ser todavía más evidente. Mientras buena parte de sus rivales enfrentaba la montaña con referencias mucho más elementales, Caldarella podía anticipar lo que venía.
Del Buono hablaba. El piloto confiaba. Y el auto seguía.
Llegaron a sacar diferencias enormes y fueron campeones argentinos.
La herramienta empezó a extenderse.
Bicho incluso vendía sus propias hojas de ruta a otros competidores durante los años 70. Tenía un método bastante efectivo para proteger el negocio: cobraba antes, pero entregaba la información por etapas para que nadie tuviera tiempo de fotocopiarla completa.
Era conocimiento. Y también era trabajo.
Porque detrás de esos papeles había horas recorriendo caminos, tomando referencias y buscando la manera más simple posible de transmitir una enorme cantidad de información cuando el auto estuviera lanzado.
El navegante empezaba a dejar de ser simplemente el acompañante.
JORGE RECALDE
La primera experiencia de Del Buono junto a Jorge Recalde llegó en un rally disputado en Bolivia en 1977.
Después sus caminos volvieron a separarse. Hasta que, a comienzos de los años 80, volvieron a encontrarse.
Recalde venía de competir en el Mundial y Renault le dio un R12. En enero de 1981 llamó a Bicho para que se sentara nuevamente a su lado.
La sociedad se extendería durante buena parte de aquella década. Y tenía algo particular. Recalde conocía las montañas cordobesas de una manera casi absurda. Del Buono contó que había tramos donde prácticamente no necesitaban tomar notas porque el piloto sabía perfectamente lo que había detrás de cada curva.
Uno había hecho del camino su casa. El otro había aprendido a convertirlo en información. Entre los dos terminarían construyendo una de las duplas más importantes del rally argentino. Pero antes de la victoria que los pondría para siempre en los libros hubo otro momento extraordinario.
Un Audi.
Cuatro ruedas motrices.
Y una tecnología que estaba cambiando el deporte.
1984: CUANDO RECALDE CONOCIÓ EL QUATTRO
A comienzos de los años 80, Audi había decidido discutir una de las certezas históricas del rally. La idea era sencilla de explicar y mucho más difícil de ejecutar: ¿por qué utilizar solamente dos ruedas para transmitir la potencia si podían hacerlo las cuatro?
El Audi quattro llegó al Mundial en 1981 con tracción integral permanente y un motor turbo de cinco cilindros. Lo que inicialmente parecía una solución pesada y compleja empezó rápidamente a convertirse en una ventaja enorme. Sobre nieve, barro y tierra, las cuatro ruedas podían buscar tracción donde un auto convencional tenía muchas más dificultades para transmitir la potencia al piso.
Audi ganó el campeonato de constructores de 1982. Hannu Mikkola fue campeón de pilotos en 1983. Para 1984 ya no se discutía si la tracción integral servía. El resto estaba tratando de alcanzarla. Y en ese contexto apareció Jorge Recalde.
Para disputar el Rally de Argentina de 1984, el cordobés y Del Buono se subieron a un Audi quattro A2 de Grupo B.
Era la primera vez que Recalde tenía contacto competitivo con un 4x4 de ese nivel.
El comportamiento era diferente a todo lo que había manejado antes. El quattro podía encontrar tracción mucho antes en la salida de las curvas y permitía una forma distinta de llevar el auto.
Bicho quedó impresionado.
Décadas más tarde todavía recordaba aquel Audi como uno de los dos autos que más lo habían marcado en toda su trayectoria.
El otro era el brutal Lancia Delta S4.
Del quattro recordaba especialmente el sonido y la manera en que tomaba las curvas. También una explicación que había escuchado dentro del equipo: los verdaderamente grandes tenían que ser capaces de dejar las cuatro huellas marcadas sobre el camino. Había que llevarlo cruzado. Con las cuatro ruedas trabajando. Recalde pareció entender rápidamente cómo hacerlo. Y empezó a meterse entre los oficiales.
Durante la carrera consiguió ganar pruebas especiales y llegó a discutir tiempos con Stig Blomqvist y Hannu Mikkola, dos de las grandes figuras internacionales de Audi. No era un detalle menor. Mikkola era el campeón mundial vigente. Blomqvist terminaría siendo campeón esa misma temporada. Y el argentino estaba ahí.
En la tercera etapa, Recalde y Del Buono terminaron solamente 26 segundos detrás de Mikkola y por delante de Blomqvist. La actuación fue suficientemente fuerte como para convertirse en una de las grandes historias de aquella carrera. Incluso las crónicas de la época registraron que el equipo trabajó sobre el motor del Audi argentino y redujo la presión del turbo.
Al final, Audi ocupó todo el podio.
Primero Blomqvist. Segundo Mikkola. Terceros Recalde y Del Buono.
El resultado era enorme.
Pero había otra cosa sucediendo delante de sus ojos. El rally estaba cambiando.
La tracción integral estaba pasando de ser una apuesta tecnológica a convertirse en el nuevo estándar de la especialidad.
Y Bicho Del Buono estaba sentado en el asiento derecho mientras Jorge Recalde descubría aquella revolución a toda velocidad.
CÓRDOBA, 1988
Cuatro años después llegó el momento que terminó de unir sus nombres. Rally de Argentina. Córdoba. 1988.
Esta vez el auto era un Lancia Delta HF Integrale. Y enfrente estaba, entre otros, Miki Biasion, la gran figura de Lancia y quien terminaría consagrándose campeón mundial aquella temporada.
Recalde conocía esas sierras. Del Buono también.
La carrera se convirtió en una pelea dentro del propio equipo y alrededor de ambos empezó a crecer una pregunta inevitable: ¿qué iba a hacer Lancia si el argentino seguía delante del hombre que peleaba por el campeonato mundial?
Recalde siguió acelerando. Bicho siguió cantando. Y el famoso mensaje para frenar al argentino nunca cambió el desenlace.
Después de más de siete horas de competencia, Jorge Recalde y Jorge Del Buono ganaron el Rally de Argentina con 3 minutos y 35 segundos de ventaja sobre Biasion.
No fue solamente una victoria local. Hasta hoy siguen siendo el único binomio completamente argentino que logró ganar la clasificación general de una fecha del Campeonato Mundial de Rally.
Una montaña de Córdoba. Un Lancia. Dos argentinos. Y el resto del mundo atrás.
LA BUTACA DERECHA DE GUSTAVO TRELLES
La historia de Del Buono no terminó con Recalde. Años después apareció otro socio fundamental: el uruguayo Gustavo Trelles.
Si la década anterior había quedado marcada por las montañas cordobesas y los autos europeos de Grupo B y Grupo A, con Trelles llegó otra campaña internacional.
El binomio rioplatense compitió durante años en el Mundial de Rally y consiguió dos campeonatos consecutivos de Grupo N, en 1996 y 1997.
Trelles manejaba. Del Buono navegaba. Mitsubishi aportaba el Lancer. Y los resultados llegaron.
La historia, además, mostró otra cara del automovilismo.
Según contó Del Buono, Mitsubishi había planteado que el campeón de Grupo N podía dar el salto a una categoría superior. Trelles ganó, pero el mercado también jugaba su carrera: comercialmente, Alemania pesaba mucho más que Uruguay.
No hubo ascenso. Sí hubo otro campeonato. Volvieron a ganar en 1997.
Porque el automovilismo puede decidirse en una curva. Pero también en una oficina.
UN OFICIO QUE HABÍA QUE DEFENDER
Durante buena parte de su carrera, Del Buono peleó para que el navegante fuera considerado algo más que “el tipo que va al lado”. Había razones. Preparar una carrera implicaba reconocer caminos, confeccionar notas, revisar referencias, controlar tiempos y después ejecutar todo eso dentro de un auto que avanzaba al límite.
Sin embargo, durante décadas la diferencia económica entre piloto y navegante fue enorme. Bicho lo cuestionó públicamente.
En 1980 incluso impulsó que Renault estableciera una remuneración fija para los navegantes de su equipo. Años después explicaría que aquel sueldo fue una de las razones que le permitieron aceptar la propuesta de correr junto a Recalde.
La discusión nunca fue únicamente por plata. También era por reconocimiento.
En el ambiente argentino, el 13 de noviembre, día de su nacimiento, terminó convirtiéndose en la fecha elegida para homenajear al navegante de rally.
No por casualidad.
Porque si había alguien que había pasado buena parte de su vida explicando que el asiento derecho también era un oficio, era él.
MIRAR LOS AUTOS DESDE OTRO LUGAR
En seis décadas, Del Buono vio pasar prácticamente todas las eras modernas del rally.
Fiat. Renault. Audi. Lancia. Mitsubishi. Autos atmosféricos. Turbo. Tracción trasera. Tracción integral. Grupo B. Grupo A. Grupo N.
Los vio evolucionar desde una posición privilegiada y extraña.
Nunca con las manos sobre el volante.
Siempre sintiendo qué hacía el auto desde la butaca derecha.
De todos ellos hubo dos que nunca olvidó. El Lancia Delta S4, una de las bestias más extremas de la era Grupo B. Y aquel Audi quattro de 1984.
Dos autos que explicaban perfectamente un momento en el que el rally se había transformado también en un laboratorio tecnológico.
Bicho estuvo ahí. Escuchando los motores. Mirando el camino. Anotando.
EL HOMBRE QUE LEÍA EL CAMINO
Hay carreras deportivas construidas alrededor de habilidades fáciles de reconocer.
Hacer un gol. Golpear una pelota. Manejar un auto más rápido que el resto.
La de Jorge Del Buono fue diferente.
Su talento consistía en mirar algo que todos podían ver y encontrar información que los demás todavía no habían descubierto.
Lo hizo primero con aquellos navegantes italianos que escribían sobre unos papeles. Después con los caminos argentinos. Más tarde junto a Recalde, Trelles, Ernesto Soto, Carlos Reutemann y tantos otros pilotos que confiaron en tenerlo sentado a su derecha.
Pasó de cronometrar una carrera de motonetas con una pajita de escoba a ganar una fecha del Campeonato Mundial.
Del Fiat 600 al Audi quattro. Del papel y el lápiz a los autos que cambiaron tecnológicamente el rally. Y siempre desde el mismo lugar. El asiento de al lado.
Porque Jorge “Bicho” Del Buono nunca necesitó manejar para saber hacia dónde había que ir.
Le alcanzaba con leer el camino.
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BICHO DEL BUONO: EL HOMBRE QUE LEÍA EL CAMINO | MOMOTOR