El Fiat 600 argentino se hizo famoso por simple, barato y fácil de meter mano. También tuvo sus mañas: temperatura, carburación, encendido y los famosos manchones. Más de seis décadas después, el nombre volvió a nuestras calles convertido en un híbrido de 145 CV. ¿Se solucionaron aquellos problemas o simplemente aprendió a romperse de otra manera?RAÚL ROSSI
15 de octubre de 2026
Decís Fitito y casi siempre aparece una historia.
El del abuelo. El primer auto de la familia. Uno cargado hasta el techo rumbo a la costa. El que calentaba en verano. El que el mecánico regulaba “de oído”. O alguno que terminó con motor preparado y corriendo un domingo en el autódromo.
El Fiat 600 nació en Italia en 1955 de la mano de Dante Giacosa, pero en Argentina terminó teniendo vida propia. El 8 de abril de 1960 salió de Caseros el primer ejemplar fabricado en el país, un 600 gris claro que además se convirtió en el primer automóvil Fiat de producción nacional. Al comienzo, la carrocería llegaba desarmada desde Italia en nueve grandes piezas; desde 1963 esos estampados también empezaron a fabricarse acá, mientras motor, caja y otros componentes mecánicos salían del complejo industrial cordobés de Fiat.
El primero era realmente chico incluso para los estándares de la época: poco más de tres metros de largo, alrededor de 580 kilos, motor trasero de cuatro cilindros y 633 cm³, refrigerado por agua, caja de cuatro marchas y aproximadamente 22 CV. Con cuatro adultos adentro podía llegar a unos 95 km/h. Después vinieron los D, E, R y S, aumentaron cilindrada y potencia hasta llegar a los 843 cm³ de las últimas versiones argentinas.
Y se vendió muchísimo.
En 1967 fue el auto más vendido de Argentina con 17.817 unidades, en 1976 alcanzó las 250.000 producidas y el último Fitito salió de línea el 9 de abril de 1982, con el número 294.197. A escala mundial el fenómeno fue todavía mayor: Fiat contabiliza 4.939.642 unidades producidas bajo su propia marca en Italia, Chile y Argentina. A eso hay que sumarle sus parientes fabricados bajo licencia, como el SEAT 600 español y el Zastava 750 yugoslavo.
El cariño sobrevivió al auto.
En Caseros hoy existe un Museo del Fitito, inaugurado a metros del lugar donde se fabricaba, y en 2023 una caravana de más de 600 unidades salió desde el Autódromo de Buenos Aires para celebrar su apertura. También dejó historias bastante menos domésticas. Silvio Oltra, que después sería campeón de TC 2000 en 1987 peleando nada menos que contra Traverso y Bessone, empezó su carrera en los zonales a fines de los setenta manejando un Fiat 600. Y el bichito nunca terminó de abandonar las pistas. Las versiones preparadas por Abarth con base 600 se transformaron en máquinas de carrera durante los años sesenta, con modelos como el 850 TC y el 1000 TC compitiendo y ganando en circuitos europeos. En Argentina, la categoría Fiat 600 Light sigue corriendo todavía en 2026.
Hasta tiene anécdotas de famosos. El actor Nicolás Cabré conserva un 600 que compró junto a su padre, mientras que afuera existió el extravagante 600 Jolly, sin puertas y con asientos de mimbre, del que tuvieron ejemplares personajes como Aristóteles Onassis y el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson.
Ahora volvamos al taller.
LO QUE SE ROMPÍA ANTES
Si hay dos palabras que quedaron pegadas al folklore mecánico del Fitito son temperatura y manchones.
La fama de calentador no salió de la nada, aunque tampoco significaba que todos los 600 estuvieran condenados a hervir cada verano. El sistema dependía mucho de que radiador, bomba de agua, termostato, puesta a punto y especialmente los deflectores de aire estuvieran como correspondía. Sacar las famosas “chapas” que rodeaban el vano porque parecían innecesarias podía hacer justamente lo contrario de lo buscado: que el ventilador volviera a tomar aire caliente y el motor trabajara peor.
Después venían los manchones, esos acoples flexibles que transmitían el movimiento hacia los semiejes traseros. Con bulones flojos, mala alineación, piezas de baja calidad o un auto bastante castigado, podían romperse y dejarte tirado. Tanto quedó asociado al modelo que los clubes todavía tienen páginas enteras explicando cómo montarlos y asegurarlos correctamente.
Y alrededor estaba toda la mecánica que hoy suena casi romántica.
Carburador, distribuidor, platinos, avance de encendido, bujías. Cuando el Fitito regulaba feo, tironeaba o perdía fuerza, el diagnóstico empezaba muchas veces levantando la tapa trasera y mirando ahí.
No había que preguntarle a una computadora qué le pasaba. Había que escucharlo, olerlo y conocerlo. Eso no significaba que fuera indestructible. Significaba algo distinto: era un auto donde buena parte de las fallas estaban a la vista y donde un mecánico que conocía el modelo podía llegar bastante rápido al problema.
LO QUE CAMBIÓ AHORA
Más de 60 años después, el nombre volvió a Argentina.
El Fiat 600 Hybrid se lanzó localmente a fines de 2025 y el parecido técnico con el viejo termina prácticamente en el número escrito sobre la carrocería. Ahora hay cinco puertas, motor adelante, tracción delantera y una arquitectura completamente distinta.
El motor es un 1.2 turbo de tres cilindros y 136 CV, acompañado por un motor eléctrico de 28 CV integrado a una caja automática de seis marchas y doble embrague. El conjunto entrega 145 CV y 230 Nm, utiliza una batería de iones de litio de 48 voltios y 0,9 kWh y puede moverse en eléctrico durante maniobras y recorridos urbanos muy cortos.
Traducido al idioma del Fitito viejo: hay unas seis veces más potencia, turbo, inyección electrónica, batería híbrida, motor eléctrico, computadora de gestión, caja automática electrificada y una montaña de sensores que el original jamás hubiera imaginado.
Y hay otro cambio que para nosotros es bastante simbólico.
El viejo se fabricaba acá. El nuevo 600 pertenece a la familia de vehículos que Stellantis produce en Tychy, Polonia, junto con Jeep Avenger y Alfa Romeo Junior.
Eso también muestra cuánto cambió la industria alrededor del mismo nombre.
El primero nació para motorizar familias argentinas con industria local. El segundo vuelve como un producto global electrificado.
¿DESAPARECIERON LAS FALLAS O CAMBIARON DE IDIOMA?
Acá la respuesta, por ahora, es bastante clara.
Las fallas clásicas del Fitito viejo prácticamente no pudieron sobrevivir porque las piezas que las generaban tampoco sobrevivieron.
El 600 nuevo no tiene carburador ni distribuidor. Tampoco aquella transmisión trasera con sus famosos manchones. Y el motor ya no está encerrado detrás de los pasajeros dependiendo de aquella circulación de aire que tantos dolores de cabeza provocaba cuando algo no estaba bien armado.
Entonces no: hoy no tendría demasiado sentido preguntarnos si “el nuevo también rompe manchones”. Pero tampoco significa que ahora sea imposible que falle. Simplemente cambió dónde mirar.
Si un 600 Hybrid empieza a tironear, no entra correctamente en modo eléctrico o prende una advertencia, podés terminar revisando datos de sensores, estado de la batería de 48 V, comunicación entre módulos, funcionamiento de la caja electrificada o gestión del motor antes de sacar una sola herramienta grande.
Y todavía hay que tener paciencia antes de bautizar una “falla típica del nuevo 600”.
En Argentina lleva apenas un año en la calle. No existe todavía una población de autos suficientemente vieja y kilometrada como para compararla seriamente con un modelo del que se fabricaron casi 300.000 unidades durante 22 años.
El Fitito viejo tuvo seis décadas para construir sus mañas. Al nuevo todavía le estamos tomando el pulso.
DATO PARA EL TALLERISTA
Hay algo que los separa por completo y al mismo tiempo los une. El mecánico que conocía bien un 600 viejo no necesitaba que el auto fuera perfecto. Necesitaba entender cómo funcionaba y saber qué mirar cuando aparecía determinado síntoma. Con el nuevo pasa exactamente lo mismo. Sólo cambió el idioma.
Antes era carburador, platinos, temperatura y manchones. Ahora es scanner, sensores, batería de 48 V, electrónica y caja electrificada. Y quizás ahí esté la mejor comparación entre los dos.
El Fitito cambió por completo. El oficio de entender qué le pasa, no.
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